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Y cada domingo, un correo que no parece de una tienda: lo que llega, lo que merece la pena y lo que no hace falta que compres.

La historia

¿Puedo hablar con el departamento de compras?

Sí. Un segundo.

Cambio de ventana, respiro, contesto yo.

Pasa varias veces al mes. Una clienta escribe al chat pensando que hay «atención al cliente» al otro lado. O una IA. Un proveedor pide el «departamento de compras». Alguien, hace poco, preguntó por la responsable de redes sociales.

Siempre contesto que sí.

Siempre soy yo.

La Crème no tiene departamentos. Tiene una persona haciendo de todos ellos.

¿Suena a mucho? Lo es.

Busco las marcas —muchas las traigo por primera vez a España—. Doy de alta cada producto. Escribo las tres newsletters de cada semana y el blog. Llevo las redes. Preparo los envíos. Resuelvo las incidencias. Contesto el teléfono, el email, el WhatsApp. Y los días de tienda física, estoy detrás del mostrador en Reus, que reformé en 2024 porque necesitaba un poco de aire fresco.

En 2015 monté La Crème mientras seguía trabajando de delineante. Compaginé los dos hasta que pude sacar un sueldo "decente". Por entonces, en España, la cosmética orgánica todavía daba risa. "Floja", decían. Cosa de aromaterapia.

Abrí con una sola norma, la única que no he tocado en once años: si un producto no cumple el criterio entero —fórmula, marca, ética, ingredientes—, no entra. Y la aplico yo. Porque aquí no decide nadie más.

 

 

¿Es una virtud, o un límite? Sigo sin saberlo.

Algunos días pienso que por eso esta tienda todavía significa algo: cada cosa que hay aquí ha pasado por el juicio de una sola persona, no por una reunión.

Otros días pienso que solo he demostrado que no sé soltar nada.

Eso sí — ya no contesto el WhatsApp a las diez de la noche. Algo he aprendido.

Lo que sí sé, sin dudarlo: me gano la vida haciendo lo que me gusta. Y cada vez que ayudo a una mujer a entender su piel —o a quererse un poco más— sé exactamente por qué sigo sin soltarlo.

La próxima vez que alguien pregunte por un departamento, la respuesta va a ser la misma.

Sí. Un segundo.

Y voy a ser yo quien conteste.

Bienvenida a La Crème.

— Elena


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